Nunca es tarde para vivir.
Déjame que, al abrigo de la lluvia, te confiese algo, algo tan salvaje como mágico, algo escrito con un mejunje de lágrimas y sangre, algo pequeño, aunque grande, algo que te va a sorprender, algo que te transportará a otro nivel.
Sé que has perdido muchos años de vida unida a la persona equivocada.
Sé que ahora no encuentras respuestas, sé que el llanto apenas te permite formular las preguntas, sé que esa niebla, que parece haberse instalado definitivamente en tu mente, no te deja pensar. Lo sé y lo siento (literalmente y en los dos sentidos de la palabra).
Sé que la tristeza es más que el aire, que tu mundo se ha convertido en el tambor de una lavadora y que no deja de girar a pesar de tus gritos.
Sé que está oscuro cuando cierras los ojos y cuando los abres también.
Sé que piensas no entender nada, no querer nada.
Sé que ahora mismo tu compañía es una multitud y que te duelen los pulmones, sé que tienes el corazón roto, sé que estás cansada, sé que te arde el alma, sé que secretamente te matas. Sé lo que es estar enferma de malquerer.
Sé qué es estar en una habitación sin aire.
Sé qué es desear dejar de respirar.
Sé qué es flotar en el pasado.
Sé qué es odiar lo amado.
Sé qué es no saber.
Lo sé porque he estado allí. Lo sé porque no me lo han contado, lo viví. No lo sé en teoría, fui también exploradora en el mar del desgarre. Colonizadora de desesperos inimaginables. Concubina del diablo. Girasol de cometas. Vinagre en la herida. Licuadora de verdades y mentiras. Vividora de autosabotaje y acantilado en las salidas.
¿Comprendes ya que te entiendo?
¿Comprendes ya que no miento?
¿Comprendes ya que siento tu mismo sentir?
Ahora que tengo tu confianza, déjame decirte aquel secreto del que hablaba, aquel soplo de viento que cambiará para siempre el sentido de la vela, aquellas palabras que sabrán a bonanza en la tormenta:
No es tarde.
No es demasiado tarde para volver a la carrera.
No es tarde para salir vencedora.
No es tarde para recordarte quién eres.
No es demasiado tarde para encontrar, en el reflejo del espejo, la fuerza que creíste perdida.
No es tarde para recomponer los pedazos, para transformar las cicatrices en un mapa que no te marca el dolor, sino los lugares donde fuiste más fuerte de lo que creías. Porque esas grietas, aunque duelan, son puertas, puertas hacia lo que aún no has descubierto de ti.
No es tarde para comprender que el amor propio no es un refugio, sino un incendio, capaz de arrasar con todo lo que te ha consumido. No hay cadenas que puedan con eso. Es tuyo. Es legítimo. Y te pertenece. Tienes el poder de agarrarlo como se agarra la vida cuando la muerte te mira de cerca.
No es demasiado tarde para cortar los nudos, para soltar aquello que te asfixia, para liberarte de las cargas que no son tuyas, para arrancar de raíz lo que no te deja crecer.
No es tarde para renacer de las cenizas. Para caminar en medio de la incertidumbre, no con miedo, sino con el coraje de quien sabe que cada tropiezo es un eco de la supervivencia. No te defines por tus caídas, te defines por tu capacidad de levantarte.
No es demasiado tarde para reconocer que hay belleza en lo roto. Que las ruinas también tienen alma, y que de ellas florecen las cosas más impredecibles y maravillosas. La oscuridad no es el final, es solo el umbral hacia esa luz que ya lleva tu nombre.
No es tarde para perdonarte por todo lo que no fue, para soltar el peso de las culpas que ya no te sirven, para abrazar tu historia con todas sus sombras. Porque cada cicatriz en tu piel es un testimonio de tu valentía. Has sobrevivido.
No es demasiado tarde para elegirte a ti. Para mirarte al espejo, no con miedo, sino con el poder de saber que, después de todo, sigues aquí. Más fuerte. Más completa. Más tú.
Y ahora, querida amiga, respira profundo, porque en ese aire que entra en tus pulmones, en esa vida que aún se aferra a tu piel, está la verdad que importa:
No es tarde.
Nunca será demasiado tarde para volver a vivir.

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