domingo, 27 de octubre de 2024

Renacer después del dolor: Lecciones desde la LIBERTAD

 

Renacer después del dolor: 

Lecciones desde la LIBERTAD



Mañana será un día especial para mí. Hace tres años firmé mi sentencia de libertad, tres años desde que me embarqué en un viaje a través de las tinieblas, el dolor y el miedo. Hoy, por fin, siento que he llegado a un lugar de calma, y, a pesar de los obstáculos —que los hay, y muchos—, puedo gritar, a quien quiera escucharme, que estoy tranquila y feliz. Hoy no vengo aquí a presumir; vengo a compartir un mensaje de esperanza, a lanzarlo al aire como si fueran confeti: sí, es posible salir victoriosa de un trauma causado por una relación narcisista. Se tarda, sí, pero en esa demora se encuentra también la dulce recompensa de saborear la victoria con mayor profundidad, con más paz.

Estos mil noventa y cinco días me han convertido en una mujer diferente. He aprendido de la vida, que se ha vuelto mi mentora, enseñándome lecciones que hoy comparto aquí, en este espacio que he reclamado para mí, mi diario público, mi refugio digital:

Aprendí que las señales siempre estuvieron ahí, pero que el amor es ciego, y cuando estamos inmersos en la promesa de un "para siempre", solemos ignorarlas. El tiempo, ahora lo sé, da una claridad brutal que antes no quería ver.

Aprendí que el potencial y la expectativa son espejismos. Podemos proyectar futuros ideales y esperar cambios, pero la realidad es lo único que cuenta. La gente puede cambiar, sí, pero es raro, y la transformación verdaderamente positiva es aún más infrecuente. La magia no está en la promesa, sino en la verdad de cada momento.

Aprendí que dar demasiado es tan peligroso como dar nada. El exceso, incluso en el amor, asfixia. Igual que es descortés llegar tarde, lo es también llegar demasiado temprano. El amor no es una entrega desenfrenada, sino un equilibrio constante entre el dar y el recibir.

Aprendí que, al dejar de ponernos en primer lugar, abrimos las puertas a la traición, y no solo en forma de infidelidad. Nos volvemos cómplices de nuestra propia mediocridad, abandonando nuestros sueños y deseos. Hoy sé que no hay amor genuino que pida nuestra desaparición; el verdadero amor nos quiere presentes, completos, con voz y espacio propio.

Aprendí que la vida es finita, y que tenemos el derecho de irnos cuando sintamos que ya no encajamos. No somos prisioneros de nuestras decisiones ni de nuestras historias pasadas. Nacemos en una fecha determinada, pero podemos, y debemos, marcharnos cuando lo decidamos. Vivir significa también despedirse de lo que ya no nos sirve.

Aprendí que la paz es el estado natural, y que todo lo que rompa esa calma debe ser desterrado. El estrés, el miedo, la indecisión, no son condiciones de vida aceptables. Merecemos entornos que nutran nuestra paz, y quien o lo que intente violarla debe ser exiliado de nuestra vida, sin remordimientos, a la isla de la indiferencia.

Aprendí que la bondad, aunque valiosa, no siempre deja huella. A veces, damos más de lo que recibimos, y creemos que nuestra generosidad transformará vidas. La realidad es que el mundo avanza rápido, y a menudo nuestros gestos se diluyen. Pero eso no resta valor a nuestra esencia; aprendí a ser generosa sin esperar, y a valorar mis actos sin depender de la gratitud ajena.

Aprendí que el mar y la edad ponen todo en perspectiva. El mar, con su calma y su marea constante, y los años, con su silenciosa sabiduría, me enseñaron que las olas grandes también se disipan, que las tormentas pasan, y que la serenidad está en saber que el caos nunca es eterno. Todo lo que hoy parece insuperable será, algún día, un recuerdo lejano.

Aprendí que soy capaz de construir mi propia historia, de redefinir el amor y la libertad a mi manera. Que mi vida no está atada a lo que me hicieron, sino a lo que yo decido hacer con lo que aprendí. Que cada día que elijo levantarme es una victoria silenciosa, una declaración de que soy dueña de mi vida y de mis sueños.

Hoy, tres años después, estoy aquí para decirte a ti, a quien quizás aún no ve la salida, que tu libertad y tu paz están más cerca de lo que imaginas. Puedes construir tu propio final feliz, y no necesitas que nadie te salve. Ya tienes dentro de ti todo lo necesario para sanar, para renacer, y para, finalmente, vivir

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