No conozco a mucha gente que se duche en gasolina,
tampoco a ninguna que prefiera el nitrógeno al oxígeno.
Tampoco recuerdo a nadie que disfrute bebiendo detergente
o comiendo velas de repelente de insectos.
No tengo en mi agenda a ninguna persona que se fustigue voluntaria y
diariamente varias veces al día ni tampoco a alguna que prefiera el llanto a la
sonrisa
No existen personas adictas al sufrimiento ni
deseosas del dolor como castigo, las hay que encuentran placer en ello pero no
es para ellas un castigo, una agonía.
Sin embargo, conozco a varias que nadan
voluntariamente en una relación tóxica y manipulativa, que viven dependientes
de la voluntad de un desastre, de un monstruo en trance y de un diablo
disfrazado de ser humano.
Estas personas no se bañan en ácido ni se flagelan,
pero están sumergidas en una espiral de sufrimiento igual de corrosiva. El
dolor que padecen no es físico, pero el impacto en sus almas es devastador. Las
relaciones tóxicas y abusivas no siempre se manifiestan con golpes visibles; a
menudo, el abuso es silencioso, astuto, camuflado detrás de las palabras, los
gestos y las promesas rotas. Es un veneno que se administra lentamente, gota a
gota, hasta que la víctima se encuentra atrapada, inmovilizada por la
confusión, la culpa y el miedo.
Es fácil, desde fuera, preguntar: ¿Por qué no se
van? ¿Por qué siguen ahí, aferradas a algo que claramente las destruye? Pero la
respuesta es mucho más compleja. Las relaciones tóxicas no comienzan con el
abuso explícito; al principio, suelen ser embriagadoras, dulces, llenas de
promesas y encanto. La persona tóxica crea una ilusión, teje una telaraña
emocional de la que es difícil escapar. Poco a poco, empiezan a surgir los
signos: los pequeños controles, las manipulaciones sutiles, los comentarios que
erosionan la autoestima. Pero para entonces, la víctima ya está emocionalmente
invertida.
El abuso emocional, psicológico o físico tiene la capacidad de distorsionar la realidad de quien lo sufre. Las personas atrapadas en relaciones así a menudo experimentan una confusión profunda. El abuso no es constante; los momentos de amor, disculpas y arrepentimiento actúan como un narcótico emocional. El abusador puede ser encantador, arrepentido e incluso vulnerable a veces, lo que mantiene viva la esperanza de que el monstruo cambie, de que la relación vuelva a ser lo que fue. Pero esos momentos son solo espejismos que perpetúan el ciclo de la dependencia y el control.
Lo más devastador de una relación tóxica es cómo puede redefinir el concepto de amor para quien la sufre. El amor, en su esencia, debería ser refugio, apoyo, crecimiento mutuo. En cambio, en una relación tóxica, el amor se convierte en algo doloroso, angustiante y caótico. La víctima llega a asociar el amor con el sufrimiento, lo que dificulta aún más el rompimiento. La violencia psicológica es capaz de desdibujar los límites entre lo que es normal y lo que no, entre lo que se merece y lo que se soporta.
Salir de una relación tóxica es un proceso largo y doloroso. Requiere primero reconocer que se está en una situación abusiva, algo que no siempre es fácil, pues el abuso puede ser tan gradual que, cuando te das cuenta, ya estás atrapado. Además, se necesita un apoyo externo sólido, ya que el abusador tiende a aislar a la víctima de su entorno, haciéndola sentir que no tiene a dónde recurrir.
Es fundamental entender que no se trata de debilidad o de falta de voluntad. Las personas que sufren en relaciones tóxicas no son adictas al dolor, simplemente están atrapadas en un ciclo de manipulación y control. La sociedad a menudo juzga sin comprender, pero lo que estas personas necesitan no es crítica, sino empatía y apoyo.
El primer paso hacia la libertad es reconocer que el amor no debería doler. Que ninguna relación vale la pena si implica perderte a ti misma en el proceso. El amor sano edifica, cuida, respeta. Salir de una relación tóxica no es fácil, pero es posible. Es un viaje que empieza con pequeñas decisiones: poner límites, pedir ayuda, recuperar tu identidad y, finalmente, redescubrir lo que realmente significa amar sin miedo.

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