Ser guapa: El castigo que la fea nunca sufre
Dicen
que “la suerte de la fea la guapa la desea” y es verdad, aunque solo parcialmente….
Ocurre
que cuando una mujer es bonita la sociedad le exige más y tiene que disculparse
y rendir el doble para demostrar que tiene alguna virtud además de la beldad,
mientras que la menos afortunada, recibe el beneplácito, la compasión y, lo más
importante, la tranquilidad y el anonimato.
Una mujer
es hermosa debe dedicar a su hermosura al menos 65% de su tiempo, tiempo que la
regular pasa buscando formas de destacar.
El tiempo
pasa por ambas y después de aproximadamente 30 años todo el esfuerzo que la diosa
de la belleza ha invertido en continuar siendo hermosa, la horrenda lo ha
empleado en ser feliz.
Las expectativas en el caso de las mujeres son traicioneras porque te colocan en un tablero de juego en el que, hagas lo que hagas, siempre pierdes. La guapa debe ser perfecta, pero no demasiado inteligente, no demasiado ambiciosa, porque entonces resulta intimidante, incómoda. Debe estar constantemente en mantenimiento, como si fuera una escultura frágil que se desmorona al primer descuido. Su vida es un constante examen, una carrera sin fin en la que siempre llega última, porque el tiempo —ese enemigo infalible— no perdona ni al rostro más privilegiado.
Mientras
tanto, la “fea”, esa categoría absurda que nos hemos inventado para etiquetar a
cualquier mujer que no encaje en los estándares de la portada de una revista,
vive una libertad que la guapa ni siquiera se atreve a imaginar. Puede darse el
lujo de ser irreverente, de no dar explicaciones, de no tener que sonreír en
una maldita foto para que todos crean que es feliz. Porque a nadie le importa.
Nadie la espera para que deslumbre en una fiesta, ni la usa como referencia
aspiracional para alimentar una autoestima construida a base de filtros de
Instagram. Ella simplemente existe, y en esa existencia casi anónima, sin
luces, sin lente de aumento, tiene la ventaja de poder invertir en lo que
realmente importa: su vida.
Y ahí
es donde la trampa se hace evidente. Porque cuando la belleza se agrieta, y se
agrieta para todas, la que siempre fue valorada por algo tan efímero como un
buen perfil o un cuerpo que desafía la gravedad, se queda desnuda ante una
sociedad que ya no la aplaude con la misma fuerza. De pronto, todas esas horas
frente al espejo, toda esa presión por gustar, por ser siempre la mejor versión
de una misma, se convierten en un peso insoportable. La belleza, ese capital
que la guapa ha malgastado como si no fuera a acabarse nunca, se esfuma,
dejando solo el eco de una juventud que ya no está.
Mientras
tanto, la que nunca tuvo que soportar la carga de ser un trofeo, sigue
construyendo su propia narrativa, una que no depende de la aprobación ajena. Ha
aprendido a brillar de formas que no se ven a simple vista, a destacar en
espacios donde la belleza no es una moneda de cambio. No tiene que disculparse
por no ser perfecta, ni reinventarse cada cinco años para seguir siendo
“relevante”. Y, sobre todo, no vive en la eterna angustia de perder el único
poder que se le concedió por azar genético.
Las
expectativas son una condena, y lo más irónico es que nadie se escapa de ellas.
A la guapa se le exige que sea más, pero nunca lo suficiente como para
amenazar, mientras que a la fea se le concede el permiso de ser mediocre
siempre y cuando no intente sobresalir demasiado. Y, sin embargo, en esa
aparente desventaja, es donde radica la verdadera libertad: la de no tener que
ser nada más que tú misma.
Así que
no, la suerte no está ni en ser la guapa ni la fea, está en saber mandar al
diablo las expectativas, en hacerte inmune a las etiquetas, y en comprender que
la única validación que importa es la que viene de ti misma. Porque la belleza,
al final del día, no es más que una trampa brillante, un juego de ilusiones que
nunca estuvo diseñado para que nadie lo ganara. Y lo más provocativo, lo más
subversivo que una mujer puede hacer, es decidir no jugar.

No hay comentarios:
Publicar un comentario