domingo, 29 de septiembre de 2024

Amar a quien no te quiere: La herida que no sana.


Amar a quien no te quiere: 

La herida que no sana


He visto cómo los bebés, cuando sienten que alguien no los quiere cerca, simplemente se apartan. Sin drama. Sin dobleces. Se alejan con esa pureza que solo los seres más inocentes poseen. Lo mismo hacen los cachorros: si alguien los ignora, no se quedan suplicando ni tratando de ganar el afecto que les es negado. Se van. Con dignidad, aunque no lo sepan. Es un gesto instintivo, una verdad natural que ellos comprenden sin palabras. Algo que, de alguna manera, nosotras, las que hemos caído en las garras del narcisismo, hemos olvidado.

Nosotras nunca nos alejamos. Nosotras insistimos. Nos aferramos. Nos desgastamos. Cada rechazo es una herida, y en vez de retirarnos, nos hundimos más en la búsqueda desesperada de ser queridas. Tal vez es esa falsa esperanza que nos mantiene allí, la idea de que si cambiamos un poco más, si nos amoldamos mejor, si nos hacemos invisibles o más amables, por fin seremos lo suficientemente buenas. Lo suficientemente dignas. Pero ¿dignas de qué? ¿De quién? ¿Dignas de alguien que nunca, ni un solo día, nos ha querido realmente?

Es una tortura autoinfligida, pero no lo ves hasta que estás rota. Sigues ahí, tragándote el rechazo, soportando la indiferencia, creyendo que el problema eres tú. Que no estás haciendo lo suficiente. Que de alguna manera eres defectuosa, y que si te esfuerzas más, si te sacrificas un poco más, esa persona, ésa que te ha destruido pedazo a pedazo, te dará finalmente lo que tanto anhelas: su amor. Pero no llega. Nunca llega.

Hay una vergüenza profunda en nosotras, las que hemos sido tenido un relación, unilateral, naturalmente, con este tipo de individuos. Es una vergüenza que arde por dentro, porque sabemos —lo sabemos en lo más hondo— que estamos malgastando nuestra vida en alguien que no nos ama. Y aún así, seguimos. Nos obligamos a estar, como si nuestra existencia dependiera de esa migaja de atención que, cuando llega, solo sirve para recordarnos lo miserables que nos hemos vuelto. Nos culpamos por quedarnos, pero al mismo tiempo, estamos paralizadas por el miedo de irnos. Nos preguntamos, entre lágrimas y noches en vela, por qué no somos suficientes para que nos quiera.

Y la respuesta duele. Duele porque no tiene que ver con nosotras, sino con ellos. No hay nada que puedas hacer, nada que puedas cambiar de ti, para que alguien que no te quiere, de repente, empiece a hacerlo. Lo que nosotras no entendemos —lo que nos negamos a aceptar— es que no es nuestro papel ganar el amor de alguien. No es nuestro deber suplicar por atención. Porque cuando lo hacemos, cada vez que nos quedamos un poco más, nos arrancamos un pedazo más de nosotras mismas. Y llegamos a un punto en el que ya no queda nada. Nos miramos al espejo y no reconocemos a la mujer que solía estar ahí.

Las heridas de insistir en amar a alguien que no te quiere son profundas. Pero lo más doloroso no es lo que ellos te hacen, sino lo que tú te haces a ti misma. Porque mientras un bebé, un cachorro, simplemente se marcha cuando no es bien recibido, nosotras nos quedamos, mendigando. Nos quedamos porque, en el fondo, creemos que no merecemos más. Que esto es lo que hay. Que no hay amor para nosotras en otro lugar.

Pero eso es mentira. Lo que hemos olvidado, lo que el narcisismo nos roba, es la capacidad de ver nuestro propio valor. No necesitamos quedarnos en un lugar donde no somos deseadas. No necesitamos convencer a nadie de que somos dignas de ser amadas. La dignidad no se mendiga. No se suplica. Se siente. Se vive. Y si nosotras hemos olvidado cómo es, es porque hemos permitido que nos la arrebaten.

El dolor que sentimos es real. Y sí, es una herida abierta. Pero también es una oportunidad para ver que, como los bebés, como los cachorros, tenemos la libertad de marcharnos. De alejarnos. Porque hay algo profundamente antinatural en querer a alguien que no te quiere. Es una acto de violencia contra nosotras mismas, una agresión que solo para cuando damos el paso más difícil: irnos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Renacer después del dolor: Lecciones desde la LIBERTAD

  Renacer después del dolor:  Lecciones desde la LIBERTAD Mañana será un día especial para mí. Hace tres años firmé mi sentencia de liberta...